Imaginemos a un matrimonio de mediana edad. Josh es director de documentales y Cornelia, productora e hija de otro prestigioso e influyente director de documentales. La vida que llevan es apacible, sin demasiados sobresaltos y en un aparente estado de comodidad absoluta: no tienen preocupaciones o problemas, salvo que a él se le ha atragantado un documental, un gran documental (en cuanto a su temática) que lleva varios años realizando a matacaballo. Comparten amistad con una pareja con edad similar algo sobrepasada por los cuidados del hijo que han tenido. En realidad, no están nada satisfechos: se encuentran con dudas, sienten que el paso a la edad adulta debería haber ocurrido hace tiempo y se han atascado en un eterno periodo de transición. Un día, en una de sus clases, Josh conoce a otra pareja, Jamie y Darby; ellos ansían poseer aquello de lo que Jamie y Darby van sobrados: juventud, descaro, goce sin ningún tipo de atención al orden. El pack perfecto. Son el reverso opuesto, no ya de ellos, sino de su pareja amiga, y como es normal comienzan a sentirse atraídos por lo que les ofrecen. Josh y Jamie pronto comienzan a colaborar, lo que les acerca más.
La pregunta está muy clara: ¿decantarse por la vida adulta y afrontar unas responsabilidades ante las que huyen o volver la mirada atrás? Esto es exactamente igual a lo que Noah Baumbach ya quiso decir en su obra inmediatamente anterior, Frances Ha (Noah Baumbach, 2012). En ella, Frances tenía un objetivo (objeto) a alcanzar ante el que su edad ya podía suponer un problema y el estar atrapada en una perpetua adolescencia no ayudaba. De hecho, la anterior Greenberg (Noah Baumbach, 2010) ya entraría en una categoría de personajes que pedían ayuda a gritos. Igual, Josh tiene su objeto (un documental riguroso sobre un historiador para el que apenas tiene presupuesto) que le absorbe la energía, enquistado, con decenas de horas de metraje para montar. Pero el cuento sobre la madurez pronto se transforma en un cuento moral sobre posturas intelectuales fijas (principios) versus la falta de ética en la creación en pos de una obra final más “emocional”, más moderna, encarnada esta por Jamie, quien va más rápido que lo que Josh podría pensar.
Al igual que Frances Ha la ciudad, el espacio, es un escenario vacío, un lugar preparado para que sus personajes dancen y articulen sus problemas. No es exactamente un personaje más, no tiene una gran importancia, sirve para abstraer y destacar, pero Baumbach no tiene especial interés en nadie más que sus personajes, quiere que sus microhistorias de aliento afrancesado (o mejor, de la visión afrancesada que determinado cine originario de ese lugar transmite, como una postal) sean lo único importante, que esa problemática y falta de trascendencia trasciendan. Dicho de otra manera: representa lo que ve, situaciones con toda probabilidad cercanas y lo filma con cercanía y calidez. Y como gran parte del cine que ha absorbido, mantiene la dificultad de filmar aquello que no conoce. En una secuencia en la que Josh va a ver a Jamie a una especie de fiesta urbana a plena luz del día, uno de esos barrios luminosos, con bonitos graffitis, donde gente joven se reúne y bebe este lugar aparece de una forma torpe y burda, la cámara nunca está en un buen sitio. Podría parecer que esto forma parte de una estrategia para mostrar la incomodidad de Josh (podría ser parte de la intención), pero no es el caso. Un momento colectivo donde los extras no son maniquíes fijos en una posición, donde la abstracción debe romperse está rodado como si no. Y aunque sea su intención queda en tierra de nadie.
Mientras seamos jóvenes (Noah Baumbach, 2014), una versión hipervitaminada del cine independiente, con un amplio presupuesto y unos actores famosos, mantiene, sin embargo, ciertas constantes a cierto cine modelo Sundance preparado para un público generalista, que ha canibalizado al festival y que, a la postre, ha impuesto un perfil concreto: personajes anclados en el infantilismo; ciertas estrellas (de un círculo concreto también vale) que se prestan a poner su cuerpo por afinidad y para ganar una cierta legitimidad; cinefilia algo manoseada y trasnochada (Rohmer en este caso); una estructura de manual de guion; una calidez en el tono y diálogos, bastante estatista; más una ambigüedad final en la conclusión del tema (a veces del discurso temático y las menos del propio discurso). Y es la versión hipervitaminada porque lleva al extremo esta guía: cine hecho al margen de problemas de su propio país. Es una película preparada para arrasar a las que apelan al mismo público, como todas las del propio Baumbach (varias producidas por la división de estas obras de la Fox o Scott Rudin, un productor poderosísimo), no cine independiente (¿independencia? ¿Respecto a qué?). La buena noticia es que cuando la película muta e introduce el debate sobre la creación y pone acento en la personalidad parasitaria de Jamie (tomando un leve cariz similar a esos thrillers de los noventa) abre nuevos caminos para un director, un golpe similar a lo que supuso su Una historia de Brooklyn (The Squid and the Whale, Noah Baumbach, 2005). Aunque su siguiente película, Mistress America (Noah Baumbach, 2015), no tiene pinta de seguir por ahí.
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