martes, 8 de marzo de 2016

Cine Geek

El 26 de enero de 2006 Disney anunció la compra de Pixar por 7400 millones de dólares. Hasta entonces, la responsabilidad creativa en los proyectos Disney Pixar era de Pixar Animation Studios y Disney se encargaba de la distribución y explotación. La compra fue la manera en que se zanjó un conflicto creciente; para disgusto de Pixar, Disney tenía los derechos de las películas, a pesar de no formar parte del proceso creativo, y sus proyectos propios (los de Disney) habían caído en la repetición de unos códigos añejos. A pesar de la compra, ambos estudios mantuvieron su independencia creativa. Esto quiere decir que aún hoy disfrutamos de producciones de Walt Disney y de Pixar por separado, con sus respectivos criterios creativos.

Aunque era evidente la distancia entre los dos allá por los tiempos de Ratatouille o Up, en los últimos cuatro años Pixar ha producido algunas películas menores, como es el caso Cars, Monsters University o Brave (que aunque ganó el Óscar a Mejor película de animación tuvo críticas más discretas de lo esperado). En 2015 Pixar fracasó por primera vez en taquilla con El viaje de Arlo, película con una producción algo caótica que cambió repentinamente de director y pasó por un proceso de reescritura de guion para terminar recaudando algo más de 300 millones de dólares (el presupuesto se acercaba a los 350 millones). Y no solo eso: las secuelas han comenzado a dominar los calendarios de Pixar, algo tan lógico como poco emocionante.

Walt Disney parece haber aprendido la lección de sus años menos rentables, y acumula ya algunas películas que, aún con un corte distinto a esas pretensiones decididamente artísticas de Pixar, recortan distancias y resultan, a su manera, divertidas, frescas y luminosas. Enredados, Rompe Ralph o Frozen han sido éxitos de crítica y público. Aunque comparto el entusiasmo por algunos trabajos de Pixar, no he tenido tan decididamente claro que todas las películas aclamadas del estudio fuesen tan incontestables obras maestras como parecía obligatorio opinar (en general, es una discriminación positiva algo extraña que existe con la animación, aunque especialmente con Pixar).

Entiendo, por ejemplo, el ingenio de la primera media hora de Up, y la idea brillante que es ese viaje en “casa-globo”, pero no comparto el entusiasmo por el resto de la película. Tampoco creo que el híbrido entre cine con lecturas adultas y cine para niños sea tan equilibrado. Es más, intuyo compartimentos en Up (como no ocurría, por ejemplo, en Toy Story), uno en esa primera media hora que a la mayor parte de los peques desconcertó y otro en el resto de la peli, que ya se podían disfrutar sin las dudas que les había supuesto el triste comienzo. Pixar abraza sus pretensiones artísticas, mientras que Walt Disney opta en estos últimos proyectos por cierto desenfado, frescura y la reescritura de sus códigos clásicos. Quizás gracias a esa falta de pretensiones, Disney ha conseguido con sus últimas películas algo más de éxito en la hibridación entre cine infantil y cine para padres acompañantes. Y el caso de Zootrópolis es una virguería en el ejercicio de mantener ese delicado equilibrio.

En Zootrópolis, Byron HowardRich MooreJared Bush (directores y cocreadores de la historia) inventan una realidad en la que conviven animales de diferentes especies, presas y depredadores ya civilizados, donde una conejita querrá desafiar las normas establecidas y convertirse en policía de la gran ciudad, algo que encuentra mucho más estimulante que cultivar zanahorias. La trama sigue con una cascada de buenas ideas y el universo de la película se convierte pronto en el especio perfecto para hablar de prejuicios, generalizaciones maliciosas, miedo inducido a las masas, etc. Juega en su contra el recuerdo de otras películas con animales como protagonistas (como Madagascar y clones similares), pero pronto descubrimos que Zootrópolis funciona a otro nivel. Es gracias, en parte, a un guion brillante que se lanza al género policíaco con todas sus consecuencias, salpicado de un humor y referencias que apelan con acierto al espectador niño y al adulto. Conforme la película avanza, comprendemos que estamos a bordo de una historia con una coherencia interna poco habitual, con resonancias poderosas, que aboga por la complejidad de la realidad.

Es extraño decir que la química rebosa entre la pareja detectivesca de una conejita y un zorro, que disfruté de verdad con los guiños y bromas, y que, en definitiva, Zootrópolis va siempre unos cuantos pasos por delante de las expectativas razonables. Es (con todo su empaque de cine familiar) cine del bueno, festivo, repleto de ocurrencias, ingenio y buen rollo.

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