Por inusual y desvergonzada, la leyenda urbana entorno a la traducción portuguesa del título de una de las obras cumbre del maestro Hitchcock es cuanto menos digna de los más bizarros anales de la historia del cine. Dícese, aunque continuamente se ha desmentido, que los ejecutivos de la sede lusa de la Paramount, seguramente a raíz de una apuesta mal acabada, decidieron cambiar el título –o subtitular, de ahí el misticismo que la rodea– a aquel experimento de género mundialmente conocido como Psicosis (Psycho, A. Hitchcock, 1960) por otro mucho más adecuado como “O assassino era a mãe”, lo que en castellano viene a ser “El asesino era la madre”. Versiones más radicales de este despropósito aseguran que la verdadera traducción fue “O filho que era a mãe”, es decir, “El hijo que era la madre”. Saquen sus propias conclusiones.
En Negocios con resaca (Unfinished Business, Ken Scott, 2015) ocurre algo similar. Partiendo de esa absurda necesidad que en ocasiones fomentan las distribuidoras españolas al generar una carta de presentación forzadamente gamberra ante su salida al mercado, en el caso que nos ocupa esta carta le hace un flaco favor al largometraje. De haberse comercializado en Portugal con el título antes mencionado, no hace falta aclarar que Hitchcock habría fracasado doblemente con Psicosis. Por una parte, habría desvelado uno de los giros de guión más famosos del séptimo arte. Sin embargo, y por encima de lo anterior, habría echado por tierra la intención para la cual construyó su película, basada en la voluntaria confusión narrativa del espectador, quien avanza por la historia a tientas, taquicárdico, sin saber a ciencia cierta a qué se está enfrentando.
El tercer largometraje de Ken Scott peca de primeras en no tener un rumbo fijo hasta bien avanzada la proyección. Durante su primera hora cuesta encontrar el acontecimiento que tiene por misión desencadenar las peripecias de sus personajes, posiblemente porque ni siquiera el guionista se haya tomado en serio el argumento que quería plasmar en pantalla. El espectador asiste a un alto número de secuencias cuya validez en el filme termina por ser cuestionada duramente al no aportar, en su gran mayoría, absolutamente nada. Protagonizada por uno de los miembros iniciáticos del “Frat Pack” de este nuevo siglo, Vince Vaughn, es difícil creer que Scott quiera sentar algún tipo de cátedra dentro de la inútilmente categorizada como Nueva comedia americana, por lo cual uno entiende simplemente este cómico batiburrillo como una total falta de coherencia hacia aquello que se está contando.
Dan Truckman (Vince Vaughn) decide dejar su empleo para formar su propia compañía y competir contra su antigua empresa. Para ello recluta a un prejubilado (Tom Wilkinson) y a un joven sin demasiadas luces (Dave Franco). Un año tras la creación de la compañía, a Dan le ofrecen la posibilidad de firmar su primer gran contrato, por lo que viaja a Berlín junto a sus dos empleados para sellarlo. En este instante, y tras una ingente retahíla de gags sin mayor objetivo que el de apartar la mirada de la pantalla para escapar de la vergüenza ajena que provocan, comienzan finalmente los negocios con resaca. Con horror, el público cae entonces en la cuenta de que la película entera es una mera excusa para mostrar al joven adolescente (y no tan joven) norteamericano los placeres orgiásticos de la capital alemana. En definitiva, Negocios con resaca hace con los excesos artificiales de esta ciudad lo que Amelie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, Jean-Pierre Jeunet, 2001) hizo por el preciosismo vitalista aunque vacío de París. De haberse considerado la eliminación del primer bloque narrativo para entrar de lleno en el desfase nada más comenzar la película, el resultado seguramente hubiese sido mucho más entretenido.
No busquen más allá, el resto del largometraje sólo ofrece frivolidad y desprecio ante ciertas minorías sociales (una concentración/festival gay plasmada como si de un mercado de carne se tratara), chistes recurrentes entorno al bullying y a la obesidad y, por supuesto, las obligatorias subtramas del protagonista que, en este caso, son innecesarias y aburridas. Avisados quedan, por si el póster que acompaña a la película no es lo suficientemente explícito con la audiencia.
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