El certero aunque rebuscado argumento de que la validez de un actor en pantalla se divide a partes iguales entre lenguaje verbal y lenguaje gestual (argumento que usan en su mayoría aquellos que priorizan el cine en versión original al doblado) adquiere ciertos matices al aplicarse a la figura de Christopher Lee, quien fallecía en Londres el pasado domingo 7 de junio a los 93 años tras haber recibido asistencia hospitalaria por fallos cardiorrespiratorios. La noticia, sin embargo, no fue comunicada hasta el jueves 11 del mismo mes por su viuda.
El nonagenario intérprete, de edad igual de avanzada que su altura, consiguió labrarse un hueco privilegiado en el friso de los grandes rostros de la industria cinematográfica al haber formado parte de uno de los estándares más valiosos y reputados del cine de género de la segunda mitad del siglo pasado, la Hammer Productions. Fue allí donde, de la mano del gran cineasta Terence Fisher, Lee conocería algunos de sus mayores éxitos interpretando a varios de los personajes que la Universal ya había forjado décadas atrás en su época dorada del cine de terror, como la Momia, el monstruo de Frankenstein (ambos comúnmente atribuidos a otro grande, Boris Karloff) y, ante todo, el Príncipe de las Tinieblas. Con Drácula (Dracula, 1958), Lee construyó uno de sus alter egos más icónicos, dotándole de la galantería y el bestialismo de los que carecía el otro vampiro del séptimo arte, Bela Lugosi, que era mucho más romántico. La profunda y satánica voz del actor, de tal gravedad tonal que parecía provenir del fondo del ataúd en el cual descansaba su personaje las horas de luz, unida a su desquiciada y expresiva mirada, le hizo merecedor de inmediato reconocimiento entre el público y le permitió repetir como el conde Vlad en otras nueve películas de la productora, con desiguales resultados. No obstante, sus escarceos con la legendaria Hammer le sirvieron para recolectar algunos de sus más importantes premios, como el de Mejor actor en el Festival de Sitges de 1983 por La casa de las sombras del pasado (House of the Long Shadows, Pete Walker, 1983) o aquellos de reconocimiento a toda una carrera de dedicación al cine fantástico y de terror otorgados por Fantasporto, Karlovy Vary o Locarno.
Por esta misma época, Lee encarnó a otras figuras cinematográficas como Fu Manchú (y, curiosamente, fue dirigido por el español Jesús Franco en dos de las aventuras del villano oriental); Mycroft Holmes, hermano de Sherlock, en uno de los grandes largometrajes de Billy Wilder; Rasputín o una de las más recordadas némesis del agente 007 interpretado por Roger Moore: el letal asesino anglocubano Francisco Scaramanga en El hombre de la pistola de oro (The Man with the Golden Gun, Guy Hamilton, 1974).
Tras rechazar diversos papeles, y arrepentirse más tarde de no haber aceptado varios de ellos, el actor tuvo a finales del siglo pasado un insólito renacer cinematográfico como secundario de la mano de Tim Burton, con quien colaboró en pequeños cameos en Sleepy Hollow (1999), La novia cadáver (Corpse Bride, 2005) y Charlie y la fábrica de chocolate (Charlie and the Chocolate Factory, 2005). Por otra parte, su participación en las sagas de El señor de los anillos (The Lord of the Rings, Peter Jackson, 2001 – 2003) y El Hobbit (The Hobbit, Peter Jackson, 2012 – 2014) como Saruman el Blanco y en la segunda trilogía de La Guerra de las Galaxias (Star Wars, George Lucas, 1999 – 2005) como el Conde Dooku le hicieron merecedor del título de “actor más visto en la historia del cine” según un estudio del periódico USA Today en 2005.
Al igual que Buster Keaton era, por contrato, un monigote hiperactivo sin expresión facial, Christopher Lee consiguió ser, por requerimientos físicos de sus atuendos y sus pesadas capas de maquillaje, un rostro impenetrable de fuerza y sobriedad unido a una portentosa voz. No obstante, los años han terminado por demostrar que el Sr. Lee era mucho más que esto último. El Sr. Lee era toda una presencia, infatigable hasta su último aliento y merecedor de un unánime respeto por haber logrado con creces, para un actor de su edad, el difícil objetivo de ser conocido internacionalmente por numerosas generaciones de espectadores.
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