jueves, 1 de octubre de 2015

Cine Geek

Desde hace años ha quedado meridianamente claro que el gran Woody Allen, aquel que encadenaba varias obras maestras con algunos títulos de menor enjundia o «simplemente» notables, no va a volver. En este siglo, al menos, ha regresado en cuerpo y alma solo con puntuales muestras de genio (Match Point, Si la cosa funciona, Blue Jasmine), entregando al público entre medias un buen puñado de títulos a los que habría que considerar irremediablemente como menores. Dignos, muy ocurrentes incluso, pero decididamente incapaces de permanecer con fuerza en la memoria cinéfila de cualquier espectador. Con Irrational Man (2015) se produce un hecho curioso: siendo palpable la sensación de presenciar un film de aquellos que cabría definir como menores, la nueva película del neoyorquino se postula como uno de los mejores, dentro de esta categoría, que ha entregado en los últimos quince años, y, a su vez, de los pocos que permite intuir que su talento, aunque diluido, se mantiene vigente hasta el día de hoy. Huelga decir que constituye un nuevo compendio de las filias, fobias, elucubraciones y paranoias existenciales, filosóficas y morales tan típicas de su cine, pero logrando esta vez, al contrario que en pasadas ocasiones, que los mismos ripios huelan a fresco. Es como reencontrarse con un viejo amigo en cuya compañía todo te suena familiar, y lo agradeces casi como si fuera algo nuevo.

Irrational Man

En Irrational Man, Woody Allen dirige a un Joaquin Phoenix que vuelve a demostrar que es un bestia parda de la interpretación en el papel de un profesor de universidad altamente inestable y profundamente deprimido al que nada parece sacarle de ese agujero y, como su partenaire, a una Emma Stone convertida en la nueva «chica Allen» tras su colaboración en Magia a la luz de la luna, una alumna brillante que se enamorará de dicho profesor al tiempo que la vida le dará una lección que, como muy sabia y acertadamente menciona su maestro en un momento del film, no se aprende ni en los libros ni en las aulas. Ella, tan solvente y magnética como siempre; él, como si hubiera nacido para interpretar este papel (sensación que transmite Phoenix en muchos personajes de su poderosa carrera). Juntos forman una dupla excelente que soporta maravillosamente el peso de la película, capaz de pasar del drama a la comedia (negra), del discurso filosófico y existencialista al thriller de crimen perfecto sin despeinarse. Ahí radica gran parte del encanto de la película, en esa atrevida mezcla de géneros a la que tan bien nos acostumbró Allen en el pasado, en la eficaz y sorprendente manera en que muta de piel conforme va avanzando el metraje. Todo ello da como resultado una película no se sabe si ligera tratando de ser profunda o una película densa aparentando ser sencilla, lo cual, lejos de suponer un problema, propone una disyuntiva muy estimulante. A fin de cuentas, nadie va a ver una cinta de este director pensando en rebanarse los sesos (aun sabiendo que le hará reflexionar con mucho gozo para el cerebro) o creyendo que se reirá en vano.

Irrational Man

Irrational Man es, en definitiva, un drama con ribetes de comedia negra y aspecto de thriller que, en manos del demiurgo Allen, se convierte en un juguete existencialista (como no podría ser de otro modo) repleto de ironía y una fina pero perversa y contundente malicia que habla sobre las elecciones de la vida, aquellas que lo cambian todo aunque sean, en apariencia, menos que mínimas. El hombre irracional del título lo es, quizá, porque busca la alegría vital a través de la muerte. Y también hace mención a la propia vida, que a veces parece ir en contra de toda razón o fundamento, pues ni todo el saber del mundo, ni toda la filosofía heredada, son capaces de luchar contra la realidad que nos enseña que un simple gesto u objeto, fruto del azar, puede hacer que todo cambie en un segundo… Woody Allen no necesita obras maestras para mostrar su genio, aunque sea a ráfagas.

Irrational Man

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