Las películas de terror no crean el miedo. Lo liberan. — Wes Craven
Cuando leemos una lista de cine de terror es raro que no se haga referencia a directores tan famosos como los que afloraron a finales de los años 70 y que hicieron del slasher uno de los subgéneros más importantes del cine comercial. Lamentablemente, y al igual que todos los grandes del celuloide, ser un maestro del terror no exime a nadie de enfrentarse al final definitivo. Wes Craven fallecía el pasado 30 de agosto a la edad de 76 años. Desde aquí queremos hacerle un pequeño homenaje dando un paseo por su larga trayectoria que nos brindó tantos gritos y pesadillas.
La carrera de Wes Craven se enfocó desde el principio en el cine de terror. Su primer largometraje, La ultima casa a la izquierda (The Last House on the Left, 1972) era una revisión moderna de la película de Ingmar Bergman El manantial de la doncella, una historia de asesinato y venganza que Craven hizo suya a través de escenas de gran tensión dispuestas a hacer pasar un mal rato al espectador. Después, con Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 1977), dio rienda suelta al terror y a la repulsión con el relato de una familia perseguida por caníbales deformes.
Durante los siguientes años, además de continuar con el cine de terror, se permitió coquetear con otros proyectos. Participó en la serie En los límites de la realidad (The Twilight Zone, 1985), siendo director de cinco episodios, y trasladó al cine el cómic de la editorial DC La cosa del pantano (Swamp Thing, 1982). Acostumbrados como estamos ahora a las adaptaciones de cómic al cine no parece un gran hito, pero para aquellos años era algo muy valiente y arriesgado y Wes marcó otro tanto en su marcador.
Pero si algo tenemos que reconocer y agradecer a Wes Craven es la creación del asesino psicópata más carismático del cine de terror, Freddy Krueger, protagonista indiscutible de Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984). Por primera vez el asesino no era un acechador silencioso de adolescentes, sino un asesino al que le gustaba jugar con sus víctimas, reírse de ellas, tenerlas en sus manos, dejarlas escapar y finalmente acabar con ellas; un personaje escrito con un carisma más propio de un antihéroe que de un villano, que hizo que el miedo a irse a dormir de toda una generación superará al miedo a otros villanos clásicos. Freddy no era Drácula, ni la Momia, ni Jason Vorhees o Michael Myers; jugaba en otra liga. En las pesadillas no había reglas. Y fue Wes Craven quien le insufló vida y quien hacía que aquellos niños de los 80 no quisieran irse a dormir. Y él lo sabía. No en vano produjo toda una franquicia de su monstruo estrella, aunque posteriormente renegase de todas las películas de la saga que no dirigió ni guionizó. Incluso en uno de sus posteriores films (Scream, 1996) hizo un cameo con el atuendo típico de Krueger, su mejor creación.
Luego llegaría la saturación de este subgénero con grandes sagas ya desgastadas como Viernes 13, Halloween y la propia Pesadilla en Elm Street. El público perdió el interés según iban creciendo y según disminuía la calidad de estas franquicias. El cine de terror agonizaba y sus directores con él.
No sería hasta 1996 cuando, junto al joven guionista Kevin Williamson, reinventara de nuevo la figura del asesino y del cine de terror con Scream (Scream, 1996). Si Freddy fue una figura clave para el público de los 80, Ghostface lo fue para los de los 90. Un asesino (o varios) fanático de las películas de terror y obsesionado con cambiar los finales clásicos en los que la chica protagonista siempre sobrevivía. Ya en los diez primeros minutos acaba con la probable protagonista en una de las mejores secuencias de apertura de una película, ya no solo de terror, si no en general. Scream se convirtió en la tabla de salvación del cine de terror slasher de y para adolescentes. Era una película que tenía algo más de lo que acostumbraba el género. Otra vez un asesino carismático con unos diálogos brillantes que rompían, de nuevo, las reglas del terror. Además, tenía tantas referencias al cine que se convirtió inmediatamente en un clásico. Aunque Williamson era el cerebro, Craven era la mano ejecutora y Scream se convirtió en el gran reclamo del director para las nuevas generaciones.
Tras Scream y sus secuelas, Craven realizó varios films menores y con menos suerte. Entre ellos me gustaría destacar dos porque se desvían de su trayectoria habitual. Música del corazón (Music of the Heart, 1999) es un drama sobre música encabezado por Meryl Streep, en un intento por renovarse fuera del cine de terror, que, a pesar de la nominación al Oscar de la actriz, no fue bien recibido por el público. Por otro lado, Vuelo nocturno (Red Eye, 2005) es, en mi opinión, un film bastante infravalorado, que aprueba con nota al transmitir la tensión de un secuestro y que es todo un ejemplo de cómo hacer un thriller de poca duración y con un buen ritmo contando con solo dos personajes y un escenario. Un tour de force claustrofóbico y perturbador.
Ya en 2011, Craven y Williamson convirtieron la trilogía de Scream en cuadrilogía con la que sería la última película del director, Scream 4. En ella quisieron traer el espíritu de la primera parte, solucionando el desgaste que produjo la mediocre Scream 3. Con una constante autoreferencia al slasher y a la propia trilogía original, llevando el discurso metafílmico al máximo (citando a uno de los personajes de la película: “Es todo tan meta”), Scream 4 fue el trabajo con el que, aunque discretamente y probablemente sin saberlo, Wes Craven se despidió haciendo lo que mejor sabía y lo que más le gustaba. Se convirtió en su carta de despedida, llena de agradecimiento y amor al cine de terror.
En definitiva, Wes Craven no pasará a la historia como uno de los mejores directores, pero para los amantes del cine de terror y del slasher siempre ocupará uno de los puestos más altos y será recordado con cariño. Con él liberamos nuestros miedos, nuestras pesadillas y nuestros gritos. Gracias, Maestro.
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