sábado, 6 de febrero de 2016

Cine Geek

Desde que en 2010 John Hillcoat, director de películas como Sin Ley o La carretera, se pusiera al frente del proyecto con un casi asegurado Christian Bale en el papel protagonista, las sospechas apuntaban a que el proyecto que al final se acabaría convirtiendo en El renacido sería una especie de «Rambo en la América poscolonial». No habría sido difícil caer en la trampa al contar una historia que se presta tanto a la exageración manida como la que nos ocupa si el director se hubiera centrado en los aspectos más superfluos de la odisea de Hugh Glass, pero quiso el destino (y la salida de Hillcoat del proyecto) que fuera Alejandro González Iñárritu quien fuera a llevar definitivamente la historia a la gran pantalla y que en sus manos esa lucha por la supervivencia que es El renacido se convirtiera en algo más.

el renacido

En 1820 un grupo de tramperos liderados por el capitán Andrew Henry (Domhall Gleeson) y guiados por el explorador Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) y su hijo Hawk (Forrest Goodluck) es atacado por unos nativos americanos que dejan al grupo diezmado y les obligan a volver hacia el fuerte Kiowa. Pese a las reticencias del exmilitar John Fitzgerald (Tom Hardy), los pocos supervivientes emprenden el viaje a pie con la mala fortuna de que Glass es atacado por una osa, quedando malherido y al borde la muerte. Dado prácticamente por muerto, el explorador es abandonado a su suerte en mitad de un invierno terrible y sin armas ni medios para sobrevivir. Desde este punto, abandonado por todos y sin un motivo por el que seguir luchando más allá de la venganza, asistimos a la lucha del hombre contra la muerte, contra la naturaleza y contra el propio hombre en un contexto de Guerras Indias en el que todos los factores son adversos al protagonista, empezando por su propio cuerpo maltrecho. Junto al calvario de Glass, el del jefe de los Arikara cuya hija ha sido secuestrada y el de Jim Bridger (Will Poulter), perseguido por el arrepentimiento de haber abandonado a Glass aún con vida, completan este viaje a través del norte de Luisiana en el que Iñárritu no solo nos muestra su particular visión de la vida, la muerte y la venganza, sino que recuerda las bases de la nación creciente cimentada sobre la masacre del pueblo indio a través de tres puntos de vista: el antiguo soldado que odia a los nativos, el colono que ha convivido con ellos y tiene un hijo mestizo, y el anciano jefe indio que ha visto sus tierras arrebatadas por el hombre blanco.

Sin embargo, el punto fuerte de Iñárritu va más allá de la historia en sí y radica en su maravillosa puesta en escena, en su director de fotografía Emmanuel Lubezki y en su predilección hacia el uso del plano secuencia. A través de los sueños y delirios de Glass, Iñárritu y Lubezki nos deleitan con secuencias oníricas que encuentran su inspiración tanto en paisajes románticos (la iglesia en ruinas) como en el arte bélico de Vasili Vereschaguin (la pirámide de cráneos de búfalo que representa la aniquilación del pueblo indio), acompañado de planos de la naturaleza y paisajes que recuerdan a Terrence Malick, otro habitual de la fotografía de Lubezki, pero sin llegar a caer en lo soporífero. Es tanto el poderío de las imágenes que la película flojea en los momentos en que se aleja de esa estética y se adentra en la narración tradicional y donde la historia de venganza se convierte en algo más convencional. Llegados a la conclusión las costuras del film se fuerzan sin llegar a romperse, pero dejando con una de esas no tan placenteras sensaciones de que al final ha sido mejor el viaje que el destino.

el renacido

Con todo y con eso, El renacido logra salir airosa de su acometida gracias a las dos bestias pardas que guían sus principales líneas argumentales y que son Leonardo DiCaprio y, sobre todo, Tom Hardy. Si la actuación de DiCaprio es gutural, desgarradora y totalmente entregada al suplicio de su personaje, la de Hardy es igual siendo mil veces más contenida, y es que el actor es capaz de infundir temor a través de una mirada. Glass es atacado por una osa y en el metraje restante tiene que ingeniárselas para sobrevivir con una pierna rota, la espalda desgarrada y el cuello a medio abrir. Las fiebres le aquejan, sufre alucinaciones con los fantasmas del pasado y no abraza su naturaleza salvaje hasta que ya no tiene nada más que perder. Fitzgerald, por contra, es un animal resabiado, un antiguo soldado que luce en la cabeza una horrible cicatriz de cuando los indios le cortaron parcialmente la cabellera y está dispuesto a hacer cualquier cosa por seguir con vida con la brutalidad y frialdad con la que un depredador caza a sus presas. El factor determinante que aleja a la película de la típica historia de venganza a la que antes hacía referencia se apoya también en estos dos pilares contrapuestos, y si bien falla parcialmente en su conclusión, al menos nos queda el nada desdeñable consuelo de que el viaje, a fin de cuentas, ha merecido la pena.

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