Es fácil o terriblemente difícil posicionarse a favor o en contra del cine de M. Night Shyamalan. Por una parte, el director que lo petó en 1999 con El sexto sentido y que volvió a sorprender en 2002 con Señales empezó a mostrar síntomas de desgaste cuatro años después con La joven del agua y fue sustituido por un malvado clon en las siguientes Airbender, el último guerrero y After Earth. Tampoco ayudó el ego del director que posicionó a la crítica “especializada” en su contra de manera automática, masacrando sin demasiado criterio cintas como El bosque y de manera más acertada experimentos fallidos como El incidente. Sin embargo, y aun en sus momentos bajos, Shyamalan siempre ha sido un director talentoso que con guiones no tan acertados en el peor de los casos siempre ha sabido manejarse detrás de las cámaras como un auténtico maestro. Habiendo tocado el cielo con El protegido (2000) y en un momento turbulento de su filmografía, La visita (2015) devuelve al director al terreno de los presupuestos moderados donde siempre ha dado lo mejor de sí.
Y es que vaya si da lo mejor de sí.
La visita nos presenta a Becca (Olivia DeJonge) y Tyler (Ed Oxenbould), dos hermanos que aprovechando unas vacaciones de su madre (Kathryn Hahn) con su nuevo novio deciden visitar a sus abuelos maternos con los cuales ésta lleva años sin hablarse. Becca, apasionada del séptimo arte, aprovecha tan especial ocasión para rodar un documental sobre el reencuentro y el perdón entre su madre y sus progenitores, lo que ofrece al estilo de la cámara en mano la excusa de grabar todo lo que acontece durante la mencionada visita. Sin embargo, a pesar del emotivo primer contacto con los abuelos, Becca y Tyler poco a poco irán descubriendo que los ancianos actúan de forma extraña y que puede que escondan un terrible secreto. Shyamalan recupera así dos de los elementos que mejores resultados han dado en su cine: por una parte, la focalización de la acción desde el punto de vista de los niños, aunque esta vez por completo y sin la presencia de un personaje adulto que haga de mediador como Bruce Willis en El sexto sentido o Mel Gibson en Señales, por lo que no existe un intento de racionalizar lo extraño desde una perspectiva madura más allá del personaje de Becca, la hermana mayor y apenas entrando en la adolescencia; y por otra parte, el terror de lo inofensivo, es decir, qué puede ser menos amenazador que tus abuelos, unas personas que te quieren y te miman desde el momento en que llegas al mundo y que no deberían suponer ningún tipo de amenaza para tu integridad. Con estos dos elementos, Shyamalan ofrece su particular visión del cine de metraje encontrado tan prolífico actualmente, sobre todo en el terror de bajo presupuesto, pero con una maestría rara vez vista en el género, porque, a pesar de sus altibajos, el tipo sigue siendo un prodigio detrás de la cámara.
Lo que hace funcionar a La visita como pieza diferencial del citado género es el conocimiento por parte de su director de las reglas que hacen funcionar al mismo y que le permiten jugar tanto con el efectismo como con los tópicos sin necesidad de convertir a la película en metarreferencial. Por otra parte, el elenco casi desconocido y, sobre todo, su pareja protagonista consigue hacer la cinta más próxima y realista, que al fin y al cabo es lo que busca este estilo de cine. A través de las grabaciones vemos cómo dos niños procedentes de un hogar desestructurado hacen frente a una situación extraña que poco a poco va convirtiéndose en violenta y hasta vejatoria, cuando el único reducto de amor y cariño incondicional como es el de los abuelos parece ser en realidad la situación más extraña y aterradora a la que se van a enfrentar y cómo, a pesar de esos primeros indicios de que las cosas no marchan bien, hacen frente a la situación desde sus particulares formas de ser, con humor en el caso de Tyler, el más pequeño, y con un intento de racionalización por parte de Becca, la mayor y a un paso de la pubertad. Actitudes que también tienen su razón de ser, pues el guión de Shyamalan no se olvida de desarrollar personajes en un género que, por norma general, suele olvidarse de la construcción y posterior desarrollo de los mismos. Este es el gran elemento diferenciador de la cinta y que nos devuelve a un director que en sus mejores momentos no se limitaba a contarnos una historia sino también a darnos una lección de buen cine.
Las pegas, si se le pueden encontrar, son inherentes al género en cuestión: la eterna pregunta de los puntillosos “¿Y por qué siguen grabando a pesar de todo?”, los frenéticos movimientos de la cámara en mano o los mal denominados tiempos muertos entre susto y susto, por citar unos ejemplos. Dentro de unas reglas tan predefinidas y en un género tan explotado poco margen queda ya para la sorpresa o la reinvención, ambos relegados últimamente en el ámbito más “meta” y cuyo mejores exponentes han sido la maravillosa La cabaña en el bosque (Drew Goddard, 2012) y la divertida Lo que hacemos en las sombras (Taika Cohen & Jemaine Clement, 2014). La visita no busca reinventar un género, ni revolucionarlo ni cambiarlo, ni homenajearlo ni parodiarlo, se trata sencillamente de la visión de un director con una cierta predilección hacia el terror que busca recuperar su buena forma de antaño en el terreno en que siempre se ha desenvuelto mejor. El Shyamalan pedante que se dejaba ver en El incidente o La joven del agua deja paso a un director que se ha visto forzado a abrazar la humildad una vez que el público, después de la crítica, le dio la espalda tras la infame After Earth. Es curioso pensar que el revés de este penúltimo film nos haya podido permitir disfrutar de nuevo a uno de los mejores directores caídos en desgracia en los últimos años, pero si ese ha sido el precio a pagar por volver a contar con su mejor versión de nuevo en las salas casi se podría decir que ha merecido la pena.
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