miércoles, 16 de septiembre de 2015

Cine Geek

La vida no es justa, todos lo sabemos; día tras día vemos situaciones que resultan penosas, y muchas de las personas que las sufren se han visto envueltas en ellas por el mero transcurso natural de las circunstancias.

Para un ser humano que se encuentra ante situaciones extremas, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, o entre lo correcto de lo que no lo es, puede quedar trastocada y pasar a ser algo cuestionable. Esto es precisamente lo que le sucede a Andreas, el protagonista de la película Una segunda oportunidad (Susanne Bier, 2014), cuando se ve envuelto en una situación que le empuja a tomar medidas algo salomónicas que dejan en entredicho el concepto convencional de “rectitud” y “justicia”.

Una segunda oportunidad (2)

La directora danesa Susanne Bier, que cuenta entre sus películas con En un mundo mejor (2011), Cosas que perdimos en el fuego (2007), Después de la boda (2006), Hermanos (2004) o Te quiero para siempre (2002), narra una historia dramática sirviéndose de tres modelos tipo de situaciones de pareja (y por extensión, de familia) que resultan no ser tan convencionales como se da por hecho y que obligan al espectador a revisar su capacidad para emitir juicios morales sobre los demás.

El protagonista Andreas (Nikolaj Coster-Waldau) y su compañero Simon (Ulrich Thomsen) son dos policías que trabajan juntos y tienen una relación de amistad. Sus vidas conyugales son muy diferentes. Andreas vive felizmente con su esposa Anna (María Bonnevie) y tienen un bebé, mientras que Simon se acaba de divorciar y se ha dado a la bebida. Su trabajo les lleva a cruzarse con una pareja de yonquis en la que Tristan (Nikolaj Lie Kaas) tiene un bebé con Sanne (Likke May Andersen) y se dedica a maltratarlos a ambos. Las vidas de todos ellos se verán relacionadas por una serie de circunstancias dramáticas narradas con crudeza y la belleza de una buena ejecución técnica.

Una segunda oportunidad (3)

Durante el transcurso de la película se hace palpable la ausencia de una banda sonora que acompañe las escenas más emotivas. La presencia de la música es muy leve y sutil; el sonido genera una atmósfera más creíble que funciona muy bien, y quizá sea esto lo que la salva por los pelos de llegar a ser un culebrón o película de tarde de domingo.

El final, para mi gusto, adolece de cierta benevolencia con los personajes, pero quizá esta bondad queda justificada para sus autores, porque la historia que se nos cuenta está narrada de manera dolorosamente intensa. Un final muy crudo haría que el espectador saliese de la sala de cine habiendo perdido, como mínimo, la fe en la humanidad (en el hipotético caso de haberla tenido antes de entrar).

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