lunes, 10 de agosto de 2015

Cine Geek

¿Somos lo que somos por nuestros padres? ¿Influyen en nosotros su comportamiento, sus errores, sus secretos? ¿Les llegamos a conocer alguna vez, a comprenderles realmente? Esas son las preguntas que nos deja Mi casa en Paris (My Old Lady, Israel Horovitz, 2014) al terminar su visionado.

Israel Horovitz firma su debut como director de un largometraje a la edad de 75 años. Este dramaturgo, con más de 70 obras a sus espaldas, apuesta por una de ellas para llevarla a la gran pantalla. Mi casa en París nos narra la historia de Mathias, un neoyorquino un tanto perdedor, que acaba de heredar una casa en París tras la muerte de su padre. Al llegar descubre que en la casa se encuentra una inquilina de 90 años, Mathilde, que vive con su hija, y que, además, según el contrato, Mathias no puede hacerse con la propiedad hasta que Mathilde fallezca. Así que empieza a pensar en cómo poder deshacerse de sus inquilinas y además hacer frente a los problemas que siente que le provocaron sus relaciones parentales.

Mi casa en París (3)

Lo que en principio parece una comedia con tonos morales acaba por convertirse en un drama intimista cuando secretos del pasado salen a la luz y envuelven en una atmósfera oscura y asfixiante a los tres protagonistas. Es sobre todo a partir de ese momento cuando los actores brillan. Kevin Kline dota de complejidad un personaje con muchos traumas del pasado, que se siente perdido y que se mueve entre el patetismo y la emoción. Maggie Smith fantástica, como siempre, oscilando de la comedia al drama, de la sonrisa a la tristeza, sin despeinarse. Y Kristin Scott Thomas es de esas actrices que siguen demostrando que madurar puede ser estupendo y que sus dotes como actriz no tienen fin. Cuando ella aparece en la pantalla la llena de un aura elegante que transmite confianza, fortaleza y, paradójicamente, fragilidad. Entre los tres dan una lección magistral de interpretación. Como alivio cómico y soporte amistoso del personaje de Mathias tenemos al actor francés Dominique Pinon, que representa el lado más amable de la cinta.

La puesta en escena de Horovitz es sencilla y con una estructura y una factura muy teatrales. Los distintos actos están bien diferenciados y se nota que Horovitz no ha querido arriesgar mucho adaptando la obra a la gran pantalla. Una de sus virtudes es hacer escenas largas casi estáticas donde predominan los diálogos que llegan a doler a un espectador que impotente observa la debacle de los protagonistas. Y otra es que en las mismas escenas hay algunos silencios que profundizan en la interrelación de los tres personajes. La fotografía es muy luminosa en los primeros momentos de la cinta y pasa a ser más lúgubre al ritmo que el drama sale a la superficie, lo que aumenta la sensación de entrar cada vez más en la intimidad de la casa. Así, esta se convierte en un personaje más mientras que las calles de París nos sirven como interludios entre las distintas secuencias; un descanso para la historia y para el espectador (salvo algunas excepciones como la significativa escena del dúo operístico).

Mi casa en París (2)

En definitiva, Mi casa en París es una cinta que se adentra en tu mente como si la vida de los protagonistas fuera la tuya propia, como si fuésemos capaces de llegar a los cincuenta años y sentirnos igual de perdidos y como si nos preguntáramos si somos lo que somos por nuestros padres o por nosotros mismos. Si os gusta el cine basado en adaptaciones teatrales y, en general, los dramas tan personales e íntimos, esta película es para vosotros.

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