The Act of Killing (Joshua Oppenheimer & Christine Cynn, 2012), aclamado documental estrenado hace dos años en España, puso sobre el tapete cinematográfico el brutal genocidio de comunistas (reales o inventados) que tuvo lugar en Indonesia tras el golpe militar de 1965. La estrategia que usaron Oppenheimer y Cynn fue cuanto menos insólita y arriesgada: pedir a algunos de los más terribles y sanguinarios perpetradores de aquella masacre que escenificaran sus crímenes ante las cámaras en forma de película de memoria propagandística, una suerte de cine dentro del cine que aterraba con la sola y aparente frivolidad que impregnaba semejante rodaje de aficionados. Era una película que, al contrario que muchos documentales que optan por posicionarse desde el punto de vista de las víctimas, erigía su importante denuncia a través de las palabras y los gestos de las mismas personas que asesinaron en masa a miles de personas con sus propias manos hacía aproximadamente medio siglo y que, en la actualidad, se pasean impune y felizmente, respetados y temidos, por las calles indonesias como si tal cosa. Sólo dos años después de aquel magnífico y desconcertante retrato de la maldad y la barbarie, Joshua Oppenhaimer (ahora en solitario) se ha propuesto dar voz a quienes no gozaron de ese privilegio, las víctimas, y el resultado final es un díptico necesario y perfectamente equilibrado sobre aquellos tiempos oscuros y abominables que el mundo prefirió (y sigue prefiriendo) ignorar.
La mirada del silencio (2014), una de las triunfadoras del pasado Festival de Venecia, nos muestra la historia de un hombre que, gracias a la revelación contenida en The Act of Killing sobre el asesinato de su hermano, busca a quienes cometieron este crimen acompañado por la inquisidora cámara de Oppenheimer. Tal hazaña supone un auténtico acto de valentía al romper esa barrera de miedo, silencio y olvido para enfrentarse, sólo con el poder de la palabra (y la imagen), a varios de los máximos responsables de las matanzas de los años 60. Cabe destacar lo loable del hecho en sí, cuando en cualquier momento su vida podría entrar en juego al más leve chasquido de dedos, pero lo importante reside en cómo se lleva a cabo esta búsqueda de la verdad. Siendo éste un documental más “al uso” que la película de 2012, La mirada del silencio ofrece un retrato igualmente demoledor que fragmenta pertinentemente su narrativa por medio de un complejo montaje que abarca las entrevistas (directas, inclementes, punzantes, casi surrealistas en algún instante), los fragmentos de vídeos de confesiones que visiona impertérrito el protagonista (en perpetua sincronía con The Act of Killing) y los ocasionales destellos estéticos de un lirismo que parece no tener cabida entre el horror. A colación de esta estructura que implica tanto a la cinta precedente, aclarar que no es imprescindible ver una para entender la otra, pero sí resulta necesario para apreciar la magnitud del diálogo que mantienen entre sí, complementándose la una a la otra en un baile entre vida y muerte, víctimas y verdugos.
Al espectador se le helará la sangre más de una vez: la escena en la clase propagandística del colegio (aunque es aún peor que la propaganda); la confirmación de la sutil aceptación estadounidense del genocidio por medio de ese melifluo reportaje televisivo, a lo que se añade la demoledora conclusión que suscita la frase “USA nos enseñó a odiar a los comunistas“, pronunciada por uno de los criminales (no olvidemos que la guerra de Vietnam ocurría paralelamente a los hechos narrados); las continuas excusas aludiendo a la ignorancia del pasado de Indonesia y a la ocultación de las atrocidades a los familiares de los asesinos; la revelación de la implicación indirecta de un tío del protagonista en la muerte de su hermano; el presumiblemente vano consuelo de las víctimas de que los felices homicidas serán pasto del castigo eterno en la otra vida… Incluso hay espacio para algunas notas de humor, lo último que uno esperaría encontrarse al entrar a una sala donde se proyecta un film sobre el exterminio de más de un millón de comunistas (digamos mejor personas). Aunque lo que más impresiona es la actitud estoica del protagonista y su madre durante todo el metraje, capaces incluso de plantearse el perdón o la más remota posibilidad de que los sádicos responsables lleguen a sentir remordimientos.
Una obra irrenunciable cuyo mismo póster ya resulta intranquilizador, y desde el cual nos observan, inquietantes, fríos, casi marcianos, los ojos de un asesino, de uno de esos locos que dicen beber sangre para no volverse locos. Una sesión doble imprescindible, aunque conlleve perder la fe en la poca cordura que le queda a este mundo. Y después de unos créditos donde más de la mitad aparece como “anónima”, sólo queda salir a respirar un poco de aire y agradecer a esos pequeños héroes el permitir que esta atrocidad olvidada no quede para siempre en el anonimato.
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